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Larry Cohen, Our Revolution: “Impulsaremos una ofensiva a gran escala contra cualquier tipo de recorte social”

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Larry Cohen no tenía tiempo que perder. En el momento en que se hizo evidente que Bernie Sanders no se enfrentaría a Donald Trump como candidato demócrata, fundó, junto a un grupo de trabajadores de Sanders, una agrupación heredera de la campaña a senador del socialdemócrata. La organización, denominada Our Revolution (Nuestra Revolución) pretende impulsar las fuerzas progresistas alentadas por la tentativa de Sanders de acceder a la presidencia.

El grupo lo constituyó la legión de simpatizantes y voluntarios de Sanders –incluida una enorme lista de correos electrónicos- con el fin de crear una estructura que apoye iniciativas y candidatos progresistas en todos los ámbitos del gobierno de Estados Unidos. Cohen, veterano colaborador de Sanders y líder sindical que ejerce como secretario general de Our Revolution, respondió a la llamada de CTXT unas horas antes de la toma de posesión de Donald Trump para comentar las intenciones de la organización, su funcionamiento interno de estilo “populista” y su agenda, así como el modo en que la agrupación pretende presionar tanto al gobierno de Trump como a la clase dirigente demócrata para lograr un cambio progresista.

Empecemos con un poco de historia: el pasado mes de marzo, CTXT publicó un análisis de Nathan J. Robinson, editor de Current Affairs, que en esencia predecía que si los demócratas presentaban a Hillary Clinton como candidata, perdería porque únicamente Bernie Sanders podría derrotar a Trump. ¿Cree que ocurrió así? ¿Estaba Hillary Clinton destinada a perder?

Yo no diría que estuviera destinada a perder. En cualquier otra democracia habría resultado elegida. Ganó en voto popular por 2,8 millones de papeletas y tenemos lo que yo calificaría de una democracia muy limitada en muchísimos aspectos. Sin embargo, yo participé activamente en las primarias y diría que era evidente que plantear una campaña negativa basada en los aspectos nocivos de los republicanos le acarrearía problemas. Lo importante de Bernie desde el principio, y siempre ha actuado así –le conozco desde hace 25 años–, es que se presenta como candidato para algo. Si de algo le puede acusar la gente políticamente, es de que no hizo campaña muy en contra de Clinton, sino que se centró en su agenda: la asistencia sanitaria, la enseñanza superior, el empleo, la raza, el medioambiente, la injusticia social. La campaña se hacía esencialmente para algo. En la medida en que fuese en contra de algo, sería contra los demócratas corporativos.

Usted ha afirmado que hubo quien criticó a Sanders por no competir suficientemente contra Hillary Clinton. Retrospectivamente, ¿cree que fue una buena decisión apoyarla como candidata tras perder las primarias? En su momento mucha gente no lo aprobó.

A juzgar por el historial de Bernie, creo que detesta el tipo de política que ejerce Donald Trump en conjunto. La política de crear divisiones, en particular la de dividir a la clase trabajadora, eso lo detesta. Una de las razones por las que se presentó a candidato demócrata fue porque no quería que se repitiera lo del año 2000. Si se hubiera presentado como independiente, es muy probable que hubiera obtenido un resultado similar, aunque el hecho de presentarse como independiente le habría hecho cargar con la culpa de la elección de Donald Trump. De modo que su oposición a Donald Trump y a cualquier otro republicano fue siempre mayor que su oposición a Hillary Clinton.

Our Revolution, la agrupación heredera de la campaña de Sanders, cuya secretaría usted preside, arrancó antes de que finalizaran las elecciones. ¿Por qué fue así y cuál es su cometido como organización?

Durante la campaña de Sanders todos hablábamos de revolución política, no solo de alguien que habría sido un magnífico presidente y que es un gran líder. A lo largo de toda la campaña la idea era: “Involucrarse, organizarse tanto para temas específicos o con el fin de elegir a alguien para la junta escolar o el congreso y crear un movimiento político”. A medida que avanzaba, la campaña se centraba más en Bernie, pero en un principio se pretendía, en igual medida, crear un movimiento político de masas.  

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¿Our Revolution es heredera de esa idea, del principio de creación de un movimiento?

Así es. Gracias a Bernie Our Revolution tiene la información y los voluntarios de cada distrito electoral procedentes de la campaña, además de muchos grupos de base, aproximadamente 900. Seguimos intentando encontrar el modo de articularlo todo, y todo se complica, obviamente, cuando tienes un candidato que todos acaban adorando además de votarlo, es una fuerza unificadora. Sin esa campaña presidencial, al menos de momento, tienes que construir una unidad que se base en otros aspectos. Es mucho más complicado.

¿Qué ha hecho la organización desde que se formó y cómo han ido evolucionando sus objetivos?

Por el camino ha habido gente que se ofreció para presentarse a las elecciones. Parte de un compromiso implícito era que cuando alguien se ofrece, le apoyamos. Crecimos rápidamente y, antes de las elecciones de noviembre, teníamos más de cien candidatos, que es mucho para algo totalmente nuevo. Tuvimos que ingeniárnoslas para ayudar a atraer voluntarios y dinero para esas cien campañas. Porque ninguno de ellos eran demócratas corporativos, si no, no hubieran recibido nuestro apoyo. Todos tenían problemas de recursos.

El siguiente paso eran las medidas sujetas a consulta. Tenemos la firme creencia de que las propuestas, incluidas las que se pueden presentar para que el gobierno estatal o municipal las someta a votación, junto con los candidatos, son parte de la forma en la que podemos cambiar las cosas. Teníamos 15 medidas importantes sujetas a consulta, entre las que se incluía alguna relativa a dinero y política, así como a la asistencia sanitaria, el derecho a voto y la pena de muerte.

Trabajamos para movilizar a los votantes, no solo para el congreso, sino también para la gente que vive, por ejemplo, en Black Hawk, Iowa, donde apoyamos a los candidatos que querían un supervisor de condado. También trabajamos en lo que se llama la compatibilidad del pequeño donante, que tiene un equivalente gubernamental independientemente de lo que los candidatos obtengan de pequeños donantes como forma de compensar las grandes cantidades de dinero en los procesos electorales. Teníamos a 8.000 personas trabajando para que se aprobara en Howard County, un gran condado de Maryland.

La tercera cuestión eran las propuestas. Desde el principio abordamos el Acuerdo Transpacífico. Estuvimos cerca, pero no conseguimos que entrara en la plataforma del partido demócrata. Entonces nos manifestamos en contra en distritos electorales clave. Movilizamos esas bases y conseguimos que una cantidad ingente de personas, más que ninguna otra organización, llamaran a sus representantes en el Congreso. Se trataba de circunscripciones muy disputadas, y logramos que la gente les dijera: “¿Por qué no sales a la palestra, por qué no te defines? ¿Por qué no te opones al Acuerdo Transpacífico?” Esa batalla la ganamos.

A partir de aquí acabamos trabajando en otros problemas como defender la reserva india Standing Rock Sioux, o ahora apoyando refugios a escala municipal. También nos tomamos muy en serio la lucha por la asistencia sanitaria. Nos oponemos a cualquier recorte en sanidad. El lunes [16 de enero] retransmitimos en directo desde Michigan la charla que Sanders daba ante cientos de miles de personas, que firmaron para abordar dicho asunto. También estamos bloqueando los nombramientos del gabinete de Trump. Realizamos una acción directa en Des Moines, Iowa, donde un centenar de personas entraron en el despacho de Chuck Grassley, jefe del Comité del Senado para Asuntos Judiciales. ¿Por qué estaba imponiendo una vista antes de que Jeff Sessions fuera nombrado Fiscal General? Esa lucha la llevamos a Iowa, no solo a una sala oscura del congreso de aquí. Todos esto son aspectos de lo que llamaría una combinación de resistencia, además de una forma de seguir impulsando la idea de lo que podría ser este país.

¿Cómo funcionan dentro de la organización? Ha mencionado propuestas y candidatos que respalda, ¿cómo los elige?

En la mayoría de los casos son ellos los que nos eligen. Tenemos aproximadamente 900 grupos de base. La mayoría de nuestras propuestas e iniciativas proceden de dichos grupos. Un grupo puede hacer lo que quieran sus miembros, para empezar. No tratamos de controlar a ninguno. En ese aspecto es un movimiento populista similar a Podemos.

Supongamos que te presentaras para alcalde de algún sitio y quisieras apoyo nacional, obtención de fondos a escala nacional. Hay un proceso de aprobación que acaba en el comité político de nuestra junta. De nuevo, si solo quieres apoyo local, los grupos locales van por su cuenta. La junta está formada por 11 personas, todas figuran en nuestra página web. Todas son conocidas activistas. Hay un comité político presidido por la senadora de Ohio Nina Turner. Si la gente quiere apoyo a escala nacional acaba llegando a ese comité político, a menos que haya un consenso a escala municipal, en cuyo caso queda refrendado automáticamente.

¿No surgen problemas con dicho proceso de evaluación?

Hay casos en los que te encuentras con grupos que compiten entre sí y que reclaman que se realice una solicitud progresiva para recibir apoyo. Para lograr la aprobación, tendría que pasar por dicho comité o podría no haber refrendo. Dicho de otro modo, demasiados conflictos, olvidémoslo.

Actualmente hay aproximadamente diez estados organizando comités, como es el caso de Texas, Maryland, Wisconsin, Minnesota y Massachusetts. Es probable que crezcan, lo que significa que esencialmente pueden ser Our Revolution en esos estados. Entonces acordarán ese tipo de decisiones, pero además obtendrán recursos a escala local. Hay una premisa por la que forjamos nuestro poder político en los estados y después en el gobierno municipal, no solo a escala nacional.

Otro asunto que no he mencionado es que muchos de nuestros grupos están intentando participar en la reorganización del Partido Demócrata. Algunos de ellos son independientes del Partido Demócrata, pero la mayoría quiere cambiarlo y está intentando hacerlo a escala nacional apoyando la presidencia de Keith Ellison. En California, el pasado sábado [14 de enero], eligieron a 1.100 personas para la convención estatal. Estas proceden de cada asamblea de distrito. Nosotros enviamos 100.000 mensajes de texto personales para que los ciudadanos acudieran a votar. El resultado fue que la mayoría de la gente que va a una convención estatal es claramente de base progresista. Esto no había ocurrido anteriormente.

Lo que usted describe es algo así como un proceso que se cuece a fuego lento. ¿Por qué no formar un partido político a la izquierda del Partido Demócrata, en vez de tratar de reformarlo? Sanders nunca perteneció a los demócratas, ¿no?

No, por una parte, Bernie nunca ha pertenecido al Partido Demócrata. Por otra, durante los últimos 25 años, ha participado en los caucus como demócrata para el Congreso. Esto le permitió lograr una posición de liderazgo. Eso es lo que yo llamo estrategia hacia dentro y hacia fuera. Sin duda es complicado, incluso a veces confuso. Estos grupos intentan funcionar como si estuvieran creando un partido, pero no son un partido aparte. La razón es la forma en que está estructurada lo que llamamos democracia, dificulta mucho salirse de esa dinámica a menos que tengas una base gigantesca de millones y millones.

En la medida que podamos reestructurar el Partido Demócrata, puede convertirse en un partido nuevo. En este país hay una cantidad ingente de problemas estructurales, pero también tenemos el contenido, que es por lo que la gente está verdaderamente entusiasmada. Dicho de otro modo, quiénes son los candidatos, qué defienden, cómo logramos justicia medioambiental, racial, social y económica. La clave es el modo en que se equilibra todo lo anterior. Si tienes otro partido, y tenemos muchos a la izquierda, la cuestión es cómo llegar a un punto en el que puedas ganar unas elecciones.

En Richmond, California y en otros lugares Our Revolution apoyó a ciudadanos que se presentaron como independientes y de hecho, en algunos casos, ganó. Es un debate justo que hay que mantener.

Hablemos de propuestas. ¿Cómo definiría lo que defiende Our Revolution?

Nosotros lo definimos como justicia medioambiental, social y económica. ¿Y cómo se define algo así? Intentamos proceder como hicimos en la propia campaña. Lo cual se traduce en 15 dólares de salario mínimo; eliminar la matrícula en colegios comunitarios y universidades públicas, asistencia médica pública universal y no sólo para mayores de 65 años, una política comercial totalmente diferente; acabar con los encarcelamientos masivos; establecer el derecho a votar de forma automática; como en cualquier país, sacar las grandes fortunas de la política. A largo plazo, se tiene que luchar por estos objetivos a escala nacional pero, mientras tanto, trabajaremos en asuntos acordes con pequeños donantes como la ciudad de Nueva York en el ayuntamiento, e intentar expandirlo por todo el país donde sea posible. Ese es el hilo narrativo. Del libro Our Revolution serían los diez últimos capítulos.

Usted tiene un pasado laborista. Parece que hubo una división entre la dirección de los sindicatos y sus bases durante la campaña de este año. Muchos de los miembros de los sindicatos no votaron por Clinton en las elecciones generales. Sin embargo, la dirección de muchos grandes sindicatos optaron por ella en las primarias. ¿Qué le indica este dato sobre la relación entre los sindicatos y un movimiento como el que usted está intentando formar?

Mucho. De hecho, escribí un artículo sobre ello. Está publicado en el New Labor Forum. En él preguntaba: “¿Creemos que la clase trabajadora puede ganar? ¿Creemos que podemos elegir un gobierno que defienda a la clase trabajadora?” Si es así, tenemos que apoyar a candidatos como Bernie Sanders, ya que no van a caer del cielo.

En las primarias muchas encuestas a pie de urna mostraron que los afiliados a sindicatos votaron por Bernie, independientemente de lo que el sindicato hubiera hecho a escala nacional. Un dato muy elocuente, que incluye estados clave como Wisconsin y Michigan. Debería haber supuesto una llamada de atención, por cierto. Creo que muchos afiliados están hartos. Pasé mucho tiempo en la fábrica de Carrier en Indianápolis antes de las primarias, no solo por Bernie, sino para ayudarles a crear un movimiento masivo para defender sus trabajos. Nos manifestamos por las calles de Indianápolis. Bernie acudió y habló.

Tenemos que hacernos cargo de asuntos como ese, luchar por nuestros trabajos en vez de decir cosas como: “Nos encaminamos a una economía de servicios, no se pueden defender los puestos de trabajo de manufacturación” como dijo el presidente Obama. Lo cierto es que estábamos promocionando la exportación de trabajos de manufacturación, a diferencia de cualquier otro país del mundo. Los EE. UU. tienen un déficit comercial de medio billón de dólares al año. La mayor parte procede de la manufacturación. Parte de las pérdidas de puestos de trabajo de manufacturación se debe a la automatización además de otros factores, pero hay varios millones de trabajo de manufacturación relacionados con una política comercial que en realidad favorece la exportación de estos empleos. La gente está harta, en particular los afiliados a los sindicatos. Esto ha derivado en una aversión hacia los políticos que dicen a la gente que no se va a hacer nada al respecto. Aunque no es el único factor, eso es lo que, entre otras cosas, se ha visto reflejado en las elecciones de este año. En las primarias esa es la razón por la que ganamos parcialmente Michigan, Indiana y Wisconsin, Minnesota y West Virginia.

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Muchos de esos lugares optaron por Trump en las elecciones generales.

Sí. Es cierto, algunos eran los mismos votantes. Recientemente, Bernie organizó una asamblea pública en Kenosha, Wisconsin, en el salón de los trabajadores del sector del automóvil. Lo emitieron en la NBC y era sorprendente ver que en los dos paneles que mostraron, deliberadamente, con los votantes de Trump, todo el mundo, excepto una persona de un panel dijo: ‘Yo te habría votado a ti, Bernie.’ Muchos de esos votantes de clase obrera creían, aunque fueran republicanos, en primarias abiertas, estaban deseando votarle porque en realidad creían en lo que reflejaba, él era uno de ellos, era auténtico. No vivía con los ricos, no formaba parte de la élite.

La élite llega hasta la dirección sindical, llega a la dirección de organizaciones sin ánimo de lucro que están bien financiadas y, llega a los grupos de presión empresariales que están en ambos partidos. Solo hay que observar la votación esta semana, en la que hubo, creo, 12 demócratas votando en contra de permitir que se importen fármacos de Canadá porque obtienen enormes aportaciones de las empresas farmacéuticas. Los votantes son inteligentes, entienden lo que pasa, se dan cuenta.

Usted ha mencionado la palabra resistencia. Las relaciones de fuerza han cambiado mucho desde que lanzó Our Revolution, en particular ahora que tenemos al presidente Trump y una supermayoría republicana. Sin embargo, gran parte de lo que ha descrito está relacionado con procesos que llevan su tiempo. ¿Qué se debería hacer ahora bajo la presidencia de Trump? Sanders sorprendió a algunos al decir que, al menos al principio del proceso poselectoral, estaba abierto a trabajar con Trump. ¿Está Our Revolution abierto a trabajar con Trump?

Vamos a situarnos en la realidad. No estamos trabajando con Trump, estamos trabajando contra Trump. Estamos trabajando prácticamente contra todos los nombramientos de su gabinete. Estamos pidiendo aliados en el Senado, que es donde tienen que ir esos nombramientos, para solicitar y utilizar las 30 horas completas que tenemos para oponernos a cada uno ellos. Estamos apoyando las manifestaciones del sábado [21 de enero].

Impulsaremos una ofensiva a gran escala contra cualquier tipo de recorte social como la asistencia sanitaria pública para mayores de 65 años y personas de bajos ingresos, la seguridad social y mantener la Ley de Servicio de Salud Asequible. Obviamente, no van a mejorar esta última ley. A nosotros nos gustaría mejorarla con una asistencia sanitaria universal. Podríamos continuar y no parar, pero estamos preparados para encontrarnos con una resistencia generalizada, tanto en propuestas como en aspectos como los nombramientos.

La razón por la que le he preguntado es porque el pronóstico está exageradamente en su contra, en contra de casi todo lo que ha expuesto como el programa de lo que Our Revolution defiende. ¿Hasta qué punto pueden trabajar dentro de las instituciones cuando Trump y los republicanos van a detentar el control de casi todas ellas?

Un ejemplo sería cómo paramos el Acuerdo Transpacífico. No lo detuvimos en el Senado, sino en el pleno. Donald Trump apenas tuvo nada que ver con su paralización, tal vez un 1%. Es que a Paul Ryan [presidente de la Cámara de Representantes] le fallaron al menos 65 republicanos y no pudo ganar el caucus. En el lado demócrata teníamos a 160 de 188.

He dedicado cinco años, una parte importante de mi tiempo, a luchar contra el TPP. Tuvimos que ir a las bases republicanas, a sus condados y crear una oposición entre la gente que puede que siga votando a los republicanos. De otro modo no lo hubiéramos logrado. No podemos quedarnos en nuestra trinchera y pretender ganar. Es uno de los problemas que tiene la gente de izquierdas de este país. Tenemos la obligación de intentar detener a los que están en contra de la clase trabajadora, a las agenda hostiles con las minorías.

Para lograrlo vamos a tener que salir y hablar con la gente que haya podido votar a Trump, o que votaron por otros republicanos, que son clase trabajadora en un sentido amplio, y también conseguir que la gente participe activamente. Aunque estuvieran en contra de Trump, muchísima gente no votó. Tenemos la peor participación electoral del mundo. Tenemos que organizar a la gente, a los que no votaron o a los que votaron a Trump, Clinton, Jill Stein o a cualquier otro. Esa es la estrategia para ganar, aunque sea para oponer resistencia como hicimos con el presidente Obama con el TPP durante cinco años. Tal vez no sea agradable, pero es la forma en que ganamos.

Lo lograron adentrándose en el otro bando, si lo he entendido correctamente.

Tres cuartas partes de lo que hicimos fue preparar a los demócratas para que votaran en contra. Una cuarta parte fue alentar a los republicanos para crear las condiciones necesarias para que las bases aumentaran la oposición. De otro modo no hubiéramos ganado. Podemos darnos palmaditas en la espalda todo lo que queramos, pero el objetivo clave era bloquear el TPP y que los republicanos tuvieran que decir: “no, no lo apoyamos”. De modo que en realidad se trata de construir un apoyo mayoritario. El populismo progresista de Podemos, en España, es un buen ejemplo. En este país vamos a necesitar una sólida fuerza populista como Podemos, si pretendemos crear mayorías. He leído y seguido a Ernesto Laclau y creo que esas ideas son cruciales en este país, al menos tanto como en España.

Estados Unidos se queja de que interfieran en sus elecciones cuando lleva años haciendo lo mismo

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Article d’Owen Jones publicat a eldiario.es en col·laboració amb The Guardian:

Mientras escribo, el presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump –que pronto se convertirá en la persona más poderosa del mundo– está teniendo una rabieta en su cuenta de Twitter. Perder la aprobación popular puede ser devastador para el ego de un plutócrata intolerante, y las acusaciones de que el gobierno de Vladímir Putin intervino para ayudarlo a ganar las elecciones le están sentando fatal.

¿Será verdad que Putin intervino en las elecciones estadounidenses? Es absolutamente posible, aunque las pruebas de la CIA (que tiene a su vez un historial sospechoso) y el FBI se deben analizar detalladamente, al margen de lo que pensemos de Trump. Y si el establishment demócrata decide culpar a una potencia extranjera de la presuntamente impensada calamidad de una victoria de Trump, no estarán aprendiendo ninguna lección de su derrota.

Esto no significa que no se deba tomar en serio la supuesta interferencia del gobierno ruso. Putin encabeza un gobierno de derechas, corrupto y autoritario que persigue a la comunidad LGBT, que llevó adelante una guerra sanguinaria en Chechenia y que ha cometido crímenes espantosos en Siria, aliado con la dictadura de Bashar al Asad. Es un modelo a seguir para los populistas de derechas de todo Occidente, desde Trump hasta UKIP, desde el Frente Nacional francés hasta el Partido de la Libertad de Austria. Sus maniobras antidemocráticas deberían ser escudriñadas y condenadas.

Pero si bien los estadounidenses tienen todo el derecho a enfadarse por la presunta interferencia en su proceso político, también es cierto que se han visto en el espejo y la imagen debería inquietarles.

Estados Unidos es un líder mundial en el arte de intervenir en los asuntos internos de otros países. Y su interferencia va mucho más allá de hackear los correos electrónicos de los partidos que llevan las de perder. Según una investigación del politólogo Dov Levin, entre Estados Unidos y la Unión Soviética/Rusia han intervenido no menos de 117 veces en elecciones extranjeras entre 1946 y el año 2000, o “en una de cada nueve elecciones nacionales, competitivas y ejecutivas”.

De hecho, uno no podría comprender las relaciones actuales entre Estados Unidos y Rusia sin reconocer el papel que tuvo Estados Unidos en los asuntos internos de sus enemigos durante la Guerra Fría. Como escribió Stephen Cohen, después del colapso de la Unión Soviética, el trabajo de los asesores estadounidenses “fue nada menos que el de misioneros en una cruzada para transformar la Rusia postcomunista en una copia de la democracia estadounidense y del sistema capitalista”.

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En cuanto asumió Bill Clinton como presidente en 1993, sus expertos hablaron de “formular una política de tutelaje estadounidense” que incluía el desvergonzado apoyo partidista al presidente Boris Yeltsin. “Misioneros y evangelistas políticos, normalmente llamados ‘asesores’, viajaron por toda Rusia a principios y mediados de los años 90″, remarca Cohen. Muchos estaban financiados por el gobierno estadounidense. Zbigniew Brzezinski, antiguo consejero de Seguridad Nacional, decía que Rusia “estaba cada vez más cerca de una quiebra occidental de facto”.

Los resultados fueron, por decirlo suavemente, desastrosos. Entre 1990 y 1994, la esperanza de vida de los hombres y mujeres en Rusia cayó de 64 y 74 años respectivamente a 58 y 71 años. La escalada de la mortalidad fue “más grande que la de cualquier otro país industrializado en tiempos de paz”. Mientras se fortalecían los nuevos oligarcas, la pobreza y el desempleo no paraban de aumentar. Los precios subieron dramáticamente. Las comunidades quedaron devastadas por la desindustrialización, y se desmantelaron las protecciones sociales.

Para horror de Occidente, la popularidad de Yeltsin caía en picado al punto de que no se podía descartar un posible triunfo comunista en las elecciones de 1996. Yeltsin recurrió a los oligarcas, que utilizaron todos sus recursos para llevar adelante una campaña sin escrúpulos. Como escribió Leonid Bershidsky, fue “un suceso trascendental que socavó una democracia débil y llevó al surgimiento del régimen dictatorial de Vladímir Putin”.

Incluso se alega que, en 2011, el principal aliado de Putin –el entonces presidente Dmitry Medvédev– sugirió en privado que las elecciones estaban amañadas. Justo antes de las elecciones, a Rusia le concedieron un enorme préstamo del FMI, respaldado por Estados Unidos, que –como señaló en ese momento el New York Times– se esperaba que “ayudara al presidente Boris Yeltsin a ganar las elecciones”.

Yeltsin confió en los estrategas políticos estadounidenses –incluido un antiguo asesor de Bill Clinton– que tenían línea directa con la Casa Blanca. Cuando finalmente Yeltsin ganó, en la portada de la revista Time se leía: “Los yanquis al rescate: la historia secreta sobre cómo asesores estadounidenses ayudaron a Yeltsin a ganar”.

Sin el caos y las privaciones del gobierno de Yeltsin –apoyado por Estados Unidos–, probablemente no se podría haber consolidado el putinismo. Pero no se trata sólo de Rusia. El historial de intervenciones estadounidenses en los asuntos internos de otros países es largo.

Tomemos como ejemplo Italia en 1948: mientras se desplegaba la Guerra Fría, Estados Unidos temía que en Italia ganara las elecciones la coalición socialista-comunista. Se prohibió a los italianos que “no creyeran en la ideología de Estados Unidos” siquiera entrar al país, se orquestó una campaña de propaganda masiva que incluía hasta cartas a millones de estadounidenses de origen italiano. Y el Departamento de Estado lo dejó claro: si ganaba las elecciones el partido equivocado, “no habría más ayudas de Estados Unidos a Italia”. Los esfuerzos fueron un éxito. Fueron las primeras de muchas elecciones italianas que tuvieron interferencias de Estados Unidos.

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Otro ejemplo es la participación confesa de la CIA en el golpe militar de 1953 que derrocó a Mohamed Mosaddeq, presidente democrático y laico de Irán: el golpe se “llevó a cabo bajo instrucciones de la CIA, como un acto de política exterior estadounidense, concebido y aprobado por las más altas esferas del gobierno”, como luego confesó la agencia de inteligencia. No se puede comprender la revolución iraní de 1979 sin este golpe de Estado. ¿Y el derrocamiento asesino de Salvador Allende en Chile en 1973, a cargo de Augusto Pinochet y respaldado por la CIA?

Y hay ejemplos más recientes: el golpe de Estado contra Manuel Zelaya en Honduras en 2009. La entonces secretaria de Estado, Hillary Clinton, se negó a calificar la destitución de Zelaya como un “golpe militar”, porque eso hubiera significado la suspensión de la ayuda estadounidense que recibían incluso las Fuerzas Armadas hondureñas. En lugar de pedir la restitución del presidente Zelaya, Clinton pidió nuevas elecciones. La ayuda estadounidense, que incluía ayuda militar, siguió llegando a Honduras, aunque los disidentes eran reprimidos brutalmente, resurgían los escuadrones de la muerte y se recrudecía la violencia contra el colectivo LGBT. Y se llevaron a cabo elecciones injustas y boicoteadas a lo largo y ancho del país.

Chilean Army troops positioned on a rooftop fire on the La Moneda Palace 11 September 1973 in Santiago, during the military coup led by General Augusto Pinochet which overthrew Chilean constitutional president Salvador Allende, who died in the attack on the palace. Next 10 December 2007 marks the first anniversary of Pinochet's decease at the Military Hospital in Santiago, where he had been admitted a week before following a heart attack.   AFP PHOTO (Photo credit should read OFF/AFP/Getty Images)

Sin duda, las acusaciones de interferencia rusa en las elecciones presidenciales estadounidenses son alarmantes, pero también hay en juego una doble moral. Pareciera que para Estados Unidos sólo está mal intervenir en los procesos democráticos cuando las víctimas son ellos. Estados Unidos ha intervenido con total impunidad en los asuntos internos de muchos países. El día que se juzgue toda interferencia de igual forma –como un escándalo democrático, indigno de cualquier gran nación– será un gran día de verdad.