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Larry Cohen, Our Revolution: “Impulsaremos una ofensiva a gran escala contra cualquier tipo de recorte social”

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Larry Cohen no tenía tiempo que perder. En el momento en que se hizo evidente que Bernie Sanders no se enfrentaría a Donald Trump como candidato demócrata, fundó, junto a un grupo de trabajadores de Sanders, una agrupación heredera de la campaña a senador del socialdemócrata. La organización, denominada Our Revolution (Nuestra Revolución) pretende impulsar las fuerzas progresistas alentadas por la tentativa de Sanders de acceder a la presidencia.

El grupo lo constituyó la legión de simpatizantes y voluntarios de Sanders –incluida una enorme lista de correos electrónicos- con el fin de crear una estructura que apoye iniciativas y candidatos progresistas en todos los ámbitos del gobierno de Estados Unidos. Cohen, veterano colaborador de Sanders y líder sindical que ejerce como secretario general de Our Revolution, respondió a la llamada de CTXT unas horas antes de la toma de posesión de Donald Trump para comentar las intenciones de la organización, su funcionamiento interno de estilo “populista” y su agenda, así como el modo en que la agrupación pretende presionar tanto al gobierno de Trump como a la clase dirigente demócrata para lograr un cambio progresista.

Empecemos con un poco de historia: el pasado mes de marzo, CTXT publicó un análisis de Nathan J. Robinson, editor de Current Affairs, que en esencia predecía que si los demócratas presentaban a Hillary Clinton como candidata, perdería porque únicamente Bernie Sanders podría derrotar a Trump. ¿Cree que ocurrió así? ¿Estaba Hillary Clinton destinada a perder?

Yo no diría que estuviera destinada a perder. En cualquier otra democracia habría resultado elegida. Ganó en voto popular por 2,8 millones de papeletas y tenemos lo que yo calificaría de una democracia muy limitada en muchísimos aspectos. Sin embargo, yo participé activamente en las primarias y diría que era evidente que plantear una campaña negativa basada en los aspectos nocivos de los republicanos le acarrearía problemas. Lo importante de Bernie desde el principio, y siempre ha actuado así –le conozco desde hace 25 años–, es que se presenta como candidato para algo. Si de algo le puede acusar la gente políticamente, es de que no hizo campaña muy en contra de Clinton, sino que se centró en su agenda: la asistencia sanitaria, la enseñanza superior, el empleo, la raza, el medioambiente, la injusticia social. La campaña se hacía esencialmente para algo. En la medida en que fuese en contra de algo, sería contra los demócratas corporativos.

Usted ha afirmado que hubo quien criticó a Sanders por no competir suficientemente contra Hillary Clinton. Retrospectivamente, ¿cree que fue una buena decisión apoyarla como candidata tras perder las primarias? En su momento mucha gente no lo aprobó.

A juzgar por el historial de Bernie, creo que detesta el tipo de política que ejerce Donald Trump en conjunto. La política de crear divisiones, en particular la de dividir a la clase trabajadora, eso lo detesta. Una de las razones por las que se presentó a candidato demócrata fue porque no quería que se repitiera lo del año 2000. Si se hubiera presentado como independiente, es muy probable que hubiera obtenido un resultado similar, aunque el hecho de presentarse como independiente le habría hecho cargar con la culpa de la elección de Donald Trump. De modo que su oposición a Donald Trump y a cualquier otro republicano fue siempre mayor que su oposición a Hillary Clinton.

Our Revolution, la agrupación heredera de la campaña de Sanders, cuya secretaría usted preside, arrancó antes de que finalizaran las elecciones. ¿Por qué fue así y cuál es su cometido como organización?

Durante la campaña de Sanders todos hablábamos de revolución política, no solo de alguien que habría sido un magnífico presidente y que es un gran líder. A lo largo de toda la campaña la idea era: “Involucrarse, organizarse tanto para temas específicos o con el fin de elegir a alguien para la junta escolar o el congreso y crear un movimiento político”. A medida que avanzaba, la campaña se centraba más en Bernie, pero en un principio se pretendía, en igual medida, crear un movimiento político de masas.  

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¿Our Revolution es heredera de esa idea, del principio de creación de un movimiento?

Así es. Gracias a Bernie Our Revolution tiene la información y los voluntarios de cada distrito electoral procedentes de la campaña, además de muchos grupos de base, aproximadamente 900. Seguimos intentando encontrar el modo de articularlo todo, y todo se complica, obviamente, cuando tienes un candidato que todos acaban adorando además de votarlo, es una fuerza unificadora. Sin esa campaña presidencial, al menos de momento, tienes que construir una unidad que se base en otros aspectos. Es mucho más complicado.

¿Qué ha hecho la organización desde que se formó y cómo han ido evolucionando sus objetivos?

Por el camino ha habido gente que se ofreció para presentarse a las elecciones. Parte de un compromiso implícito era que cuando alguien se ofrece, le apoyamos. Crecimos rápidamente y, antes de las elecciones de noviembre, teníamos más de cien candidatos, que es mucho para algo totalmente nuevo. Tuvimos que ingeniárnoslas para ayudar a atraer voluntarios y dinero para esas cien campañas. Porque ninguno de ellos eran demócratas corporativos, si no, no hubieran recibido nuestro apoyo. Todos tenían problemas de recursos.

El siguiente paso eran las medidas sujetas a consulta. Tenemos la firme creencia de que las propuestas, incluidas las que se pueden presentar para que el gobierno estatal o municipal las someta a votación, junto con los candidatos, son parte de la forma en la que podemos cambiar las cosas. Teníamos 15 medidas importantes sujetas a consulta, entre las que se incluía alguna relativa a dinero y política, así como a la asistencia sanitaria, el derecho a voto y la pena de muerte.

Trabajamos para movilizar a los votantes, no solo para el congreso, sino también para la gente que vive, por ejemplo, en Black Hawk, Iowa, donde apoyamos a los candidatos que querían un supervisor de condado. También trabajamos en lo que se llama la compatibilidad del pequeño donante, que tiene un equivalente gubernamental independientemente de lo que los candidatos obtengan de pequeños donantes como forma de compensar las grandes cantidades de dinero en los procesos electorales. Teníamos a 8.000 personas trabajando para que se aprobara en Howard County, un gran condado de Maryland.

La tercera cuestión eran las propuestas. Desde el principio abordamos el Acuerdo Transpacífico. Estuvimos cerca, pero no conseguimos que entrara en la plataforma del partido demócrata. Entonces nos manifestamos en contra en distritos electorales clave. Movilizamos esas bases y conseguimos que una cantidad ingente de personas, más que ninguna otra organización, llamaran a sus representantes en el Congreso. Se trataba de circunscripciones muy disputadas, y logramos que la gente les dijera: “¿Por qué no sales a la palestra, por qué no te defines? ¿Por qué no te opones al Acuerdo Transpacífico?” Esa batalla la ganamos.

A partir de aquí acabamos trabajando en otros problemas como defender la reserva india Standing Rock Sioux, o ahora apoyando refugios a escala municipal. También nos tomamos muy en serio la lucha por la asistencia sanitaria. Nos oponemos a cualquier recorte en sanidad. El lunes [16 de enero] retransmitimos en directo desde Michigan la charla que Sanders daba ante cientos de miles de personas, que firmaron para abordar dicho asunto. También estamos bloqueando los nombramientos del gabinete de Trump. Realizamos una acción directa en Des Moines, Iowa, donde un centenar de personas entraron en el despacho de Chuck Grassley, jefe del Comité del Senado para Asuntos Judiciales. ¿Por qué estaba imponiendo una vista antes de que Jeff Sessions fuera nombrado Fiscal General? Esa lucha la llevamos a Iowa, no solo a una sala oscura del congreso de aquí. Todos esto son aspectos de lo que llamaría una combinación de resistencia, además de una forma de seguir impulsando la idea de lo que podría ser este país.

¿Cómo funcionan dentro de la organización? Ha mencionado propuestas y candidatos que respalda, ¿cómo los elige?

En la mayoría de los casos son ellos los que nos eligen. Tenemos aproximadamente 900 grupos de base. La mayoría de nuestras propuestas e iniciativas proceden de dichos grupos. Un grupo puede hacer lo que quieran sus miembros, para empezar. No tratamos de controlar a ninguno. En ese aspecto es un movimiento populista similar a Podemos.

Supongamos que te presentaras para alcalde de algún sitio y quisieras apoyo nacional, obtención de fondos a escala nacional. Hay un proceso de aprobación que acaba en el comité político de nuestra junta. De nuevo, si solo quieres apoyo local, los grupos locales van por su cuenta. La junta está formada por 11 personas, todas figuran en nuestra página web. Todas son conocidas activistas. Hay un comité político presidido por la senadora de Ohio Nina Turner. Si la gente quiere apoyo a escala nacional acaba llegando a ese comité político, a menos que haya un consenso a escala municipal, en cuyo caso queda refrendado automáticamente.

¿No surgen problemas con dicho proceso de evaluación?

Hay casos en los que te encuentras con grupos que compiten entre sí y que reclaman que se realice una solicitud progresiva para recibir apoyo. Para lograr la aprobación, tendría que pasar por dicho comité o podría no haber refrendo. Dicho de otro modo, demasiados conflictos, olvidémoslo.

Actualmente hay aproximadamente diez estados organizando comités, como es el caso de Texas, Maryland, Wisconsin, Minnesota y Massachusetts. Es probable que crezcan, lo que significa que esencialmente pueden ser Our Revolution en esos estados. Entonces acordarán ese tipo de decisiones, pero además obtendrán recursos a escala local. Hay una premisa por la que forjamos nuestro poder político en los estados y después en el gobierno municipal, no solo a escala nacional.

Otro asunto que no he mencionado es que muchos de nuestros grupos están intentando participar en la reorganización del Partido Demócrata. Algunos de ellos son independientes del Partido Demócrata, pero la mayoría quiere cambiarlo y está intentando hacerlo a escala nacional apoyando la presidencia de Keith Ellison. En California, el pasado sábado [14 de enero], eligieron a 1.100 personas para la convención estatal. Estas proceden de cada asamblea de distrito. Nosotros enviamos 100.000 mensajes de texto personales para que los ciudadanos acudieran a votar. El resultado fue que la mayoría de la gente que va a una convención estatal es claramente de base progresista. Esto no había ocurrido anteriormente.

Lo que usted describe es algo así como un proceso que se cuece a fuego lento. ¿Por qué no formar un partido político a la izquierda del Partido Demócrata, en vez de tratar de reformarlo? Sanders nunca perteneció a los demócratas, ¿no?

No, por una parte, Bernie nunca ha pertenecido al Partido Demócrata. Por otra, durante los últimos 25 años, ha participado en los caucus como demócrata para el Congreso. Esto le permitió lograr una posición de liderazgo. Eso es lo que yo llamo estrategia hacia dentro y hacia fuera. Sin duda es complicado, incluso a veces confuso. Estos grupos intentan funcionar como si estuvieran creando un partido, pero no son un partido aparte. La razón es la forma en que está estructurada lo que llamamos democracia, dificulta mucho salirse de esa dinámica a menos que tengas una base gigantesca de millones y millones.

En la medida que podamos reestructurar el Partido Demócrata, puede convertirse en un partido nuevo. En este país hay una cantidad ingente de problemas estructurales, pero también tenemos el contenido, que es por lo que la gente está verdaderamente entusiasmada. Dicho de otro modo, quiénes son los candidatos, qué defienden, cómo logramos justicia medioambiental, racial, social y económica. La clave es el modo en que se equilibra todo lo anterior. Si tienes otro partido, y tenemos muchos a la izquierda, la cuestión es cómo llegar a un punto en el que puedas ganar unas elecciones.

En Richmond, California y en otros lugares Our Revolution apoyó a ciudadanos que se presentaron como independientes y de hecho, en algunos casos, ganó. Es un debate justo que hay que mantener.

Hablemos de propuestas. ¿Cómo definiría lo que defiende Our Revolution?

Nosotros lo definimos como justicia medioambiental, social y económica. ¿Y cómo se define algo así? Intentamos proceder como hicimos en la propia campaña. Lo cual se traduce en 15 dólares de salario mínimo; eliminar la matrícula en colegios comunitarios y universidades públicas, asistencia médica pública universal y no sólo para mayores de 65 años, una política comercial totalmente diferente; acabar con los encarcelamientos masivos; establecer el derecho a votar de forma automática; como en cualquier país, sacar las grandes fortunas de la política. A largo plazo, se tiene que luchar por estos objetivos a escala nacional pero, mientras tanto, trabajaremos en asuntos acordes con pequeños donantes como la ciudad de Nueva York en el ayuntamiento, e intentar expandirlo por todo el país donde sea posible. Ese es el hilo narrativo. Del libro Our Revolution serían los diez últimos capítulos.

Usted tiene un pasado laborista. Parece que hubo una división entre la dirección de los sindicatos y sus bases durante la campaña de este año. Muchos de los miembros de los sindicatos no votaron por Clinton en las elecciones generales. Sin embargo, la dirección de muchos grandes sindicatos optaron por ella en las primarias. ¿Qué le indica este dato sobre la relación entre los sindicatos y un movimiento como el que usted está intentando formar?

Mucho. De hecho, escribí un artículo sobre ello. Está publicado en el New Labor Forum. En él preguntaba: “¿Creemos que la clase trabajadora puede ganar? ¿Creemos que podemos elegir un gobierno que defienda a la clase trabajadora?” Si es así, tenemos que apoyar a candidatos como Bernie Sanders, ya que no van a caer del cielo.

En las primarias muchas encuestas a pie de urna mostraron que los afiliados a sindicatos votaron por Bernie, independientemente de lo que el sindicato hubiera hecho a escala nacional. Un dato muy elocuente, que incluye estados clave como Wisconsin y Michigan. Debería haber supuesto una llamada de atención, por cierto. Creo que muchos afiliados están hartos. Pasé mucho tiempo en la fábrica de Carrier en Indianápolis antes de las primarias, no solo por Bernie, sino para ayudarles a crear un movimiento masivo para defender sus trabajos. Nos manifestamos por las calles de Indianápolis. Bernie acudió y habló.

Tenemos que hacernos cargo de asuntos como ese, luchar por nuestros trabajos en vez de decir cosas como: “Nos encaminamos a una economía de servicios, no se pueden defender los puestos de trabajo de manufacturación” como dijo el presidente Obama. Lo cierto es que estábamos promocionando la exportación de trabajos de manufacturación, a diferencia de cualquier otro país del mundo. Los EE. UU. tienen un déficit comercial de medio billón de dólares al año. La mayor parte procede de la manufacturación. Parte de las pérdidas de puestos de trabajo de manufacturación se debe a la automatización además de otros factores, pero hay varios millones de trabajo de manufacturación relacionados con una política comercial que en realidad favorece la exportación de estos empleos. La gente está harta, en particular los afiliados a los sindicatos. Esto ha derivado en una aversión hacia los políticos que dicen a la gente que no se va a hacer nada al respecto. Aunque no es el único factor, eso es lo que, entre otras cosas, se ha visto reflejado en las elecciones de este año. En las primarias esa es la razón por la que ganamos parcialmente Michigan, Indiana y Wisconsin, Minnesota y West Virginia.

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Muchos de esos lugares optaron por Trump en las elecciones generales.

Sí. Es cierto, algunos eran los mismos votantes. Recientemente, Bernie organizó una asamblea pública en Kenosha, Wisconsin, en el salón de los trabajadores del sector del automóvil. Lo emitieron en la NBC y era sorprendente ver que en los dos paneles que mostraron, deliberadamente, con los votantes de Trump, todo el mundo, excepto una persona de un panel dijo: ‘Yo te habría votado a ti, Bernie.’ Muchos de esos votantes de clase obrera creían, aunque fueran republicanos, en primarias abiertas, estaban deseando votarle porque en realidad creían en lo que reflejaba, él era uno de ellos, era auténtico. No vivía con los ricos, no formaba parte de la élite.

La élite llega hasta la dirección sindical, llega a la dirección de organizaciones sin ánimo de lucro que están bien financiadas y, llega a los grupos de presión empresariales que están en ambos partidos. Solo hay que observar la votación esta semana, en la que hubo, creo, 12 demócratas votando en contra de permitir que se importen fármacos de Canadá porque obtienen enormes aportaciones de las empresas farmacéuticas. Los votantes son inteligentes, entienden lo que pasa, se dan cuenta.

Usted ha mencionado la palabra resistencia. Las relaciones de fuerza han cambiado mucho desde que lanzó Our Revolution, en particular ahora que tenemos al presidente Trump y una supermayoría republicana. Sin embargo, gran parte de lo que ha descrito está relacionado con procesos que llevan su tiempo. ¿Qué se debería hacer ahora bajo la presidencia de Trump? Sanders sorprendió a algunos al decir que, al menos al principio del proceso poselectoral, estaba abierto a trabajar con Trump. ¿Está Our Revolution abierto a trabajar con Trump?

Vamos a situarnos en la realidad. No estamos trabajando con Trump, estamos trabajando contra Trump. Estamos trabajando prácticamente contra todos los nombramientos de su gabinete. Estamos pidiendo aliados en el Senado, que es donde tienen que ir esos nombramientos, para solicitar y utilizar las 30 horas completas que tenemos para oponernos a cada uno ellos. Estamos apoyando las manifestaciones del sábado [21 de enero].

Impulsaremos una ofensiva a gran escala contra cualquier tipo de recorte social como la asistencia sanitaria pública para mayores de 65 años y personas de bajos ingresos, la seguridad social y mantener la Ley de Servicio de Salud Asequible. Obviamente, no van a mejorar esta última ley. A nosotros nos gustaría mejorarla con una asistencia sanitaria universal. Podríamos continuar y no parar, pero estamos preparados para encontrarnos con una resistencia generalizada, tanto en propuestas como en aspectos como los nombramientos.

La razón por la que le he preguntado es porque el pronóstico está exageradamente en su contra, en contra de casi todo lo que ha expuesto como el programa de lo que Our Revolution defiende. ¿Hasta qué punto pueden trabajar dentro de las instituciones cuando Trump y los republicanos van a detentar el control de casi todas ellas?

Un ejemplo sería cómo paramos el Acuerdo Transpacífico. No lo detuvimos en el Senado, sino en el pleno. Donald Trump apenas tuvo nada que ver con su paralización, tal vez un 1%. Es que a Paul Ryan [presidente de la Cámara de Representantes] le fallaron al menos 65 republicanos y no pudo ganar el caucus. En el lado demócrata teníamos a 160 de 188.

He dedicado cinco años, una parte importante de mi tiempo, a luchar contra el TPP. Tuvimos que ir a las bases republicanas, a sus condados y crear una oposición entre la gente que puede que siga votando a los republicanos. De otro modo no lo hubiéramos logrado. No podemos quedarnos en nuestra trinchera y pretender ganar. Es uno de los problemas que tiene la gente de izquierdas de este país. Tenemos la obligación de intentar detener a los que están en contra de la clase trabajadora, a las agenda hostiles con las minorías.

Para lograrlo vamos a tener que salir y hablar con la gente que haya podido votar a Trump, o que votaron por otros republicanos, que son clase trabajadora en un sentido amplio, y también conseguir que la gente participe activamente. Aunque estuvieran en contra de Trump, muchísima gente no votó. Tenemos la peor participación electoral del mundo. Tenemos que organizar a la gente, a los que no votaron o a los que votaron a Trump, Clinton, Jill Stein o a cualquier otro. Esa es la estrategia para ganar, aunque sea para oponer resistencia como hicimos con el presidente Obama con el TPP durante cinco años. Tal vez no sea agradable, pero es la forma en que ganamos.

Lo lograron adentrándose en el otro bando, si lo he entendido correctamente.

Tres cuartas partes de lo que hicimos fue preparar a los demócratas para que votaran en contra. Una cuarta parte fue alentar a los republicanos para crear las condiciones necesarias para que las bases aumentaran la oposición. De otro modo no hubiéramos ganado. Podemos darnos palmaditas en la espalda todo lo que queramos, pero el objetivo clave era bloquear el TPP y que los republicanos tuvieran que decir: “no, no lo apoyamos”. De modo que en realidad se trata de construir un apoyo mayoritario. El populismo progresista de Podemos, en España, es un buen ejemplo. En este país vamos a necesitar una sólida fuerza populista como Podemos, si pretendemos crear mayorías. He leído y seguido a Ernesto Laclau y creo que esas ideas son cruciales en este país, al menos tanto como en España.

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Estados Unidos se queja de que interfieran en sus elecciones cuando lleva años haciendo lo mismo

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Article d’Owen Jones publicat a eldiario.es en col·laboració amb The Guardian:

Mientras escribo, el presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump –que pronto se convertirá en la persona más poderosa del mundo– está teniendo una rabieta en su cuenta de Twitter. Perder la aprobación popular puede ser devastador para el ego de un plutócrata intolerante, y las acusaciones de que el gobierno de Vladímir Putin intervino para ayudarlo a ganar las elecciones le están sentando fatal.

¿Será verdad que Putin intervino en las elecciones estadounidenses? Es absolutamente posible, aunque las pruebas de la CIA (que tiene a su vez un historial sospechoso) y el FBI se deben analizar detalladamente, al margen de lo que pensemos de Trump. Y si el establishment demócrata decide culpar a una potencia extranjera de la presuntamente impensada calamidad de una victoria de Trump, no estarán aprendiendo ninguna lección de su derrota.

Esto no significa que no se deba tomar en serio la supuesta interferencia del gobierno ruso. Putin encabeza un gobierno de derechas, corrupto y autoritario que persigue a la comunidad LGBT, que llevó adelante una guerra sanguinaria en Chechenia y que ha cometido crímenes espantosos en Siria, aliado con la dictadura de Bashar al Asad. Es un modelo a seguir para los populistas de derechas de todo Occidente, desde Trump hasta UKIP, desde el Frente Nacional francés hasta el Partido de la Libertad de Austria. Sus maniobras antidemocráticas deberían ser escudriñadas y condenadas.

Pero si bien los estadounidenses tienen todo el derecho a enfadarse por la presunta interferencia en su proceso político, también es cierto que se han visto en el espejo y la imagen debería inquietarles.

Estados Unidos es un líder mundial en el arte de intervenir en los asuntos internos de otros países. Y su interferencia va mucho más allá de hackear los correos electrónicos de los partidos que llevan las de perder. Según una investigación del politólogo Dov Levin, entre Estados Unidos y la Unión Soviética/Rusia han intervenido no menos de 117 veces en elecciones extranjeras entre 1946 y el año 2000, o “en una de cada nueve elecciones nacionales, competitivas y ejecutivas”.

De hecho, uno no podría comprender las relaciones actuales entre Estados Unidos y Rusia sin reconocer el papel que tuvo Estados Unidos en los asuntos internos de sus enemigos durante la Guerra Fría. Como escribió Stephen Cohen, después del colapso de la Unión Soviética, el trabajo de los asesores estadounidenses “fue nada menos que el de misioneros en una cruzada para transformar la Rusia postcomunista en una copia de la democracia estadounidense y del sistema capitalista”.

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En cuanto asumió Bill Clinton como presidente en 1993, sus expertos hablaron de “formular una política de tutelaje estadounidense” que incluía el desvergonzado apoyo partidista al presidente Boris Yeltsin. “Misioneros y evangelistas políticos, normalmente llamados ‘asesores’, viajaron por toda Rusia a principios y mediados de los años 90″, remarca Cohen. Muchos estaban financiados por el gobierno estadounidense. Zbigniew Brzezinski, antiguo consejero de Seguridad Nacional, decía que Rusia “estaba cada vez más cerca de una quiebra occidental de facto”.

Los resultados fueron, por decirlo suavemente, desastrosos. Entre 1990 y 1994, la esperanza de vida de los hombres y mujeres en Rusia cayó de 64 y 74 años respectivamente a 58 y 71 años. La escalada de la mortalidad fue “más grande que la de cualquier otro país industrializado en tiempos de paz”. Mientras se fortalecían los nuevos oligarcas, la pobreza y el desempleo no paraban de aumentar. Los precios subieron dramáticamente. Las comunidades quedaron devastadas por la desindustrialización, y se desmantelaron las protecciones sociales.

Para horror de Occidente, la popularidad de Yeltsin caía en picado al punto de que no se podía descartar un posible triunfo comunista en las elecciones de 1996. Yeltsin recurrió a los oligarcas, que utilizaron todos sus recursos para llevar adelante una campaña sin escrúpulos. Como escribió Leonid Bershidsky, fue “un suceso trascendental que socavó una democracia débil y llevó al surgimiento del régimen dictatorial de Vladímir Putin”.

Incluso se alega que, en 2011, el principal aliado de Putin –el entonces presidente Dmitry Medvédev– sugirió en privado que las elecciones estaban amañadas. Justo antes de las elecciones, a Rusia le concedieron un enorme préstamo del FMI, respaldado por Estados Unidos, que –como señaló en ese momento el New York Times– se esperaba que “ayudara al presidente Boris Yeltsin a ganar las elecciones”.

Yeltsin confió en los estrategas políticos estadounidenses –incluido un antiguo asesor de Bill Clinton– que tenían línea directa con la Casa Blanca. Cuando finalmente Yeltsin ganó, en la portada de la revista Time se leía: “Los yanquis al rescate: la historia secreta sobre cómo asesores estadounidenses ayudaron a Yeltsin a ganar”.

Sin el caos y las privaciones del gobierno de Yeltsin –apoyado por Estados Unidos–, probablemente no se podría haber consolidado el putinismo. Pero no se trata sólo de Rusia. El historial de intervenciones estadounidenses en los asuntos internos de otros países es largo.

Tomemos como ejemplo Italia en 1948: mientras se desplegaba la Guerra Fría, Estados Unidos temía que en Italia ganara las elecciones la coalición socialista-comunista. Se prohibió a los italianos que “no creyeran en la ideología de Estados Unidos” siquiera entrar al país, se orquestó una campaña de propaganda masiva que incluía hasta cartas a millones de estadounidenses de origen italiano. Y el Departamento de Estado lo dejó claro: si ganaba las elecciones el partido equivocado, “no habría más ayudas de Estados Unidos a Italia”. Los esfuerzos fueron un éxito. Fueron las primeras de muchas elecciones italianas que tuvieron interferencias de Estados Unidos.

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Otro ejemplo es la participación confesa de la CIA en el golpe militar de 1953 que derrocó a Mohamed Mosaddeq, presidente democrático y laico de Irán: el golpe se “llevó a cabo bajo instrucciones de la CIA, como un acto de política exterior estadounidense, concebido y aprobado por las más altas esferas del gobierno”, como luego confesó la agencia de inteligencia. No se puede comprender la revolución iraní de 1979 sin este golpe de Estado. ¿Y el derrocamiento asesino de Salvador Allende en Chile en 1973, a cargo de Augusto Pinochet y respaldado por la CIA?

Y hay ejemplos más recientes: el golpe de Estado contra Manuel Zelaya en Honduras en 2009. La entonces secretaria de Estado, Hillary Clinton, se negó a calificar la destitución de Zelaya como un “golpe militar”, porque eso hubiera significado la suspensión de la ayuda estadounidense que recibían incluso las Fuerzas Armadas hondureñas. En lugar de pedir la restitución del presidente Zelaya, Clinton pidió nuevas elecciones. La ayuda estadounidense, que incluía ayuda militar, siguió llegando a Honduras, aunque los disidentes eran reprimidos brutalmente, resurgían los escuadrones de la muerte y se recrudecía la violencia contra el colectivo LGBT. Y se llevaron a cabo elecciones injustas y boicoteadas a lo largo y ancho del país.

Chilean Army troops positioned on a rooftop fire on the La Moneda Palace 11 September 1973 in Santiago, during the military coup led by General Augusto Pinochet which overthrew Chilean constitutional president Salvador Allende, who died in the attack on the palace. Next 10 December 2007 marks the first anniversary of Pinochet's decease at the Military Hospital in Santiago, where he had been admitted a week before following a heart attack.   AFP PHOTO (Photo credit should read OFF/AFP/Getty Images)

Sin duda, las acusaciones de interferencia rusa en las elecciones presidenciales estadounidenses son alarmantes, pero también hay en juego una doble moral. Pareciera que para Estados Unidos sólo está mal intervenir en los procesos democráticos cuando las víctimas son ellos. Estados Unidos ha intervenido con total impunidad en los asuntos internos de muchos países. El día que se juzgue toda interferencia de igual forma –como un escándalo democrático, indigno de cualquier gran nación– será un gran día de verdad. 

Santiago Alba: “Los paises árabes son menos radicales que los europeos”

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Santiago Alba Rico, filósofo; 18 años viviendo en el mundo árabe; estudia la islamofobia.

Soy de la generación que huyó de la movida. Y yo, de Madrid al mundo árabe, aunque he venido a hacer campaña con Podemos: creímos demasiado en las encuestas y demasiado poco en la capacidad movilizadora de la derecha y del miedo. He disertado en Palau Macaya-La Caixa

Desde Túnez, Alba Rico es un referente intelectual de los podemitas madrileños. Así que nuestra conversación parte de su desencanto. Aprender del pasado consiste precisamente en no repetirlo, por eso tomo tres notas a vuelapluma para las próximas elecciones: 1. créete sólo las encuestas desfavorables, porque las favorables desmovilizan a los tuyos y movilizan al contrario; 2. el miedo arrastra a más humanos hasta las urnas que el amor, así que si no puedes conseguir que te amen, consigue al menos que no te teman tanto como para ir a votar en vez de quedarse un ratito más en la playa, y 3. el votante cada vez es más volátil, así que reza para que no haya un referéndum de resultado sorprendente y atemorizador el día antes.

El mundo árabe se está radicalizando porque no le dejan democratizarse?

Para empezar, los países de la UE son políticamente mucho más radicales que los del mundo árabe. Y no es una impresión personal: el último sondeo de la Fundación Adenauer demuestra que en Austria el 50% de la población apoya a la extrema derecha…

La clase media de la UE en el norte protesta por la derecha y en el sur por la izquierda.

…Y un 40% de los húngaros también apoya a la extrema derecha; en Holanda son el 33% y en Francia el 31%.

¿Y el Estado Islámico es la ultraderecha del mundo árabe?

Es la opción más radical, pero con muchas menos adhesiones que las europeas. En el norte de África el apoyo al Estado Islámico fluctúa entre el 1,5% de Túnez y el 2,7% de Libia.

¿Pero esa minoría no es la que se va a Siria a pegar tiros y la que apoya a los yihadistas?

El fascismo siempre surge de una revolución derrotada. Y el advenimiento del Estado Islámico es, en efecto, la consecuencia del fracaso de la revolución democrática árabe. Pero, aun así, fíjese qué poco apoyo tiene.

No será que el islam es violento: ¿acaso el Corán no exige a sus fieles la guerra santa?

Esa es la falacia propagada por los medios de comunicación.

¿Llama el Corán a la guerra santa o no?

El Corán dice eso y cualquier cosa: millones de musulmanes encuentran en él la justicia social, la democracia y la igualdad. El islam no es un sujeto, sino muchos. Hay cuatro escuelas coránicas y un mundo de diferencia entre el islam que se practica en Mauritania y el de Pakistán.

Pero hay uno que llama a todos a la yihad.

En el mundo hay 1.500 millones de musulmanes y usted habla de ese Corán del wahabismo como si fuera el único.

¿Es esa la raíz del terror islamista?

Y de la intolerancia y el integrismo que llevan al terrorismo. Lo paradójico es que, cuando surgió en el siglo XVIII, era una corriente minúscula e irrelevante. Su crecimiento fue fruto del pacto entre Arabia Saudí y EE.UU. en 1945.

¿Por qué se transformó en amenaza?

Porque, entonces, Abdelaziz, primer rey de Arabia Saudí, firmó un acuerdo con Roosevelt, que daba el control de su petróleo a EE.UU. y, a cambio, las ingentes rentas petroleras a Riad para difundir el wahabismo en el mundo árabe contra el panarabismo y la izquierda.

Esas izquierdas árabes se hicieron aliadas de Moscú en plena guerra fría.

Y 70 años después, el Estado Islámico es el residuo de aquel acuerdo entre la mayor democracia y la mayor teocracia del mundo.

¿Veremos democracias árabes algún día?

Mientras vendamos armas a Arabia Saudí va a ser complicado acabar con el totalitarismo integrista wahabí y sus derivados salafistas y yihadistas, que llaman a la guerra y al terror y frenan cualquier tentativa democratizadora .

¿Por qué España es poco islamófoba?

Lo es menos que Francia o Alemania, por ejemplo, y estamos a tiempo de evitar que lo sea más.

¿Somos aquí menos islamófobos porque tenemos menos inmigración musulmana?

De momento, en España sólo hay algún político islamófobo, como García Albiol, pero no un partido entero ni una política institucional, ni toda una clase intelectual como en Francia.

¿A qué intelectuales franceses se refiere?

A Michel Houellebecq, Alain Finkielkraut o Caroline Fourest, por citar los más populares.

Houellebecq a veces es misógino y reaccionario, y otras un escritor genial.

El problema es que la tele da al premio Nobel Modiano tres minutos para defender la tolerancia y a Houellebecq nueve para que se declare islamófobo. Si ponen su prestigio al servicio del Frente Nacional, tienen un problema grave y seguro que va a empeorar.

Aquí el descontento se vehiculaba por la izquierda, pero parece que se ha frenado.

Podemos ha retrocedido estas elecciones por una combinación de factores cristalizadospor el miedo y precipitados por el Brexit.

¿Miedo generalizado a perder la pensión?

Me temo que esa es una explicación tan simplista como acertada.

Si sólo tienes la pensión, vas a votar lo que creas que la amenace menos.

Por eso, Podemos debería haberle dado la vuelta a ese miedo y explicar al pensionista que el verdadero peligro de rescate de Bruselas, quiebras bancarias, preferentes, desahucios, recortes y miseria para las clases medias era Rajoy.

Pero la seguridad se la dio el PP.

Y de un modo muy transversal, es cierto. Tanto que hablábamos de transversalidad en Podemos y al final ha sido Rajoy el más transversal al captar votos: desde los de quienes nos saludaban en los pueblos castellanos brazo en alto en campaña hasta los de centroderecha catalán.

Habrá más elecciones para todos.

Y, pese a todo, Rajoy ha perdido 4 millones de votos en cuatro años. Debemos tener en cuenta que el votante no ha sido nunca tan volátil como ahora y aún lo será más.

¿Cuál ha sido su peor error?

El de Podemos ha sido creerse las encuestas y dejar de movilizar a su gente, cuando quien de verdad estaba movilizando a la suya sin que nos percatáramos era Rajoy, aferrado a su arrecife mientras a su alrededor las olas del temor a lo desconocido batían toda España.

Lectures d’estiu (2): Ocupar Wall Street de Noam Chomsky

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Extracte de la web Libros prohibidos sobre l’interessant  llibre “Occupy Wall Steet” de Noam Chomsky:

Tan solo cuatro meses después del comienzo de las acampadas en Madrid, en toda España, en Europa y en muchas otras partes del mundo, comenzó el movimiento Occupy Wall Street. Es decir, se empezó a extender por Estados Unidos (el epicentro del terremoto financiero de 2008-20¿?…) el virus de la indignación: el 99% empezó a decirle a gritos al 1% que ya estaba bien. Y una de las personalidades públicas estadounidenses que no quiso perderse estos acontecimientos fue Noam Chomsky, quien, con más de 80 años, no es sólo el lingüista más famoso del mundo (y hacerse famoso siendo lingüista ya tiene mucho mérito) sino el pensador y activista político de izquierdas más respetado en su país. Así que allí se plantó, en la acampada de Boston del movimiento Occupy, para dedicarles unas palabras de aliento y apoyo a los allí reunidos y allí indignados (como ya había hecho en Madrid el también carismático, aunque no tan famoso, Agustín García Calvo).

Ése es el origen de este libro, que recoge varias conferencias y entrevistas de Noam Chomsky, procedentes de los primeros meses del movimiento Occupy y centradas en su opinión sobre la relevancia política e histórica del movimiento y sobre los siguientes pasos que éste debería dar. En primer lugar aparece el discurso original que dio enOccupy Boston, junto con las preguntas que le hicieron algunos de los manifestantes y sus respuestas. Después dos entrevistas, una hecha por un estudiante universitario y otra realizada a partir de preguntas que los simpatizantes de Occupy habían planteado previamente por internet. Por último, aparecen las transcripciones de una mesa redonda en la que participó Chomsky centrada en la pregunta “¿cómo ‘ocupar’ la política exterior estadounidense?”, junto a un breve texto final en homenaje a Howard Zinn, a quien Chomsky considera “el gran activista e historiador norteamericano” y que no llegó a ver el movimiento Occupy, aunque fue una de sus grandes influencias.

La naturaleza compiladora de este libro hace que sea, necesariamente, algo repetitivo, pues Chomsky vuelve una y otra vez sobre los mismos argumentos en sus charlas o en sus respuestas a las preguntas (que en algunos casos también son muy similares entre diferentes entrevistas). Las referencias continuas al 99% y al 1% (“precariado” y “plutocracia”, en términos chomskyanos) son inevitables, por ejemplo. También hay una especie de mantra que Chomsky repite muy arcertadamente en casi todas su intervenciones: para llegar a conseguir todo lo que se está planteando “hace falta una base popular masiva”, es decir, “ocupar la corriente principal de opinión”; no basta con ser unos pocos cientos de miles. Y es que uno de los aspectos más interesantes del libro es la voluntad de Chomsky de dar un baño de realidad a los demasiado ilusos, a los que esperaran unos efectos inmediatos del movimiento Occupy. Insiste varias veces el autor en que el éxito de todos los movimientos sociales populares surgidos a raíz de la crisis económica pasa por su continuidad en el tiempo y por su capacidad de crear redes de comunidades cooperativas que sean capaces de subvertir, a largo plazo y desde abajo, las estructuras tradicionales de poder del capitalismo. También resulta muy interesante la visión histórica que Chomsky aporta en varios momentos del libro, poniendo la crisis actual en contexto, enlazándola con la Gran Depresión o con la Guerra Fría y haciendo hincapié en que no se trata de un evento histórico aislado, sino de la  consecuencia de muchas décadas de infames políticas financieras, económicas y sociales.

2Así como uno de los pilares sobre los que se levantó el 15M fue aquél libro de Hessel, este libro de Chomsky parece haber querido actuar en Estados Unidos no como revulsivo previo sino como acicate posterior. Independientemente de que consiguieran realizar ese objetivo o no, estas pocas páginas son, cinco años después de aquella primavera, un buen recordatorio de lo que todavía nos queda por avanzar. Además, también son una buena invitación a reflexionar acerca del papel de los libros (ésos cuya extinción tanto se presagia) como “armas cargadas”…

“Jack London, el olvidado” de Gregorio Morán

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Este 2016 debería ser declarado el año de Jack London. Había nacido en 1876 en San Francisco y se suicidó en 1916. Nació en enero y cerró la tienda en noviembre. Vivió 40 años y escribió 50 libros y dejó una obra fotográfica monumental de 12.000 clichés. Fue el autor más famoso y mejor pagado de su época. Un desastre humano, nacido para matarse y sin embargo lo tenía todo: una pluma fácil y brillante, un físico de atleta, estatura mediana y un cuerpo hecho para la pelea.

Me acerqué a la literatura gracias a Jack London. Las descripciones farragosas de Emilio Salgari me aburrían, a Julio Verne no lo soportaba. La primera novela negra, según se diría ahora, cayó en mis manos con un comienzo que me dejó tan anonadado que aún lo recuerdo. “Se puso el sobretodo y se dirigió al macadam”. Eran traducciones argentinas o chilenas. Pero si uno no alcanza a entender ni la primera frase, lo mejor que puede hacer es esperar a hacerse mayor y ampliar el lenguaje. No tenía ni idea de qué era “un sobretodo” y menos aún “el macadam”. Me limité entonces a las novelas de vaqueros escritas en general por presos políticos del franquismo, recién salidos de la trena que adoptaban un seudónimo gringo, tenían un gran mapa del oeste de Estados Unidos clavado en la pared y a los que explotaba Bruguera.

2A mí me llevó a la literatura Jack London. Empecé con un texto de 1909, Por un bife. El boxeador tronado que debe escoger entre comer el bistec –traducción del argentino bife– antes del combate para coger fuerzas o ahorrar para el transporte y cansarse. No la volví a ver nunca, como las antiguas pasiones.

Jack London fue además de un escritor brillante e irregular, un tipo humano inasumible para nuestra época. Quizá eso explique el silencio. Se acaba de reeditar La llamada de lo salvaje (Nórdica) un texto soberbio de sensibilidad y ritmo, por más que la edición contenga detalles tan incomprensibles como designar a London “como una mezcla de socialista y fascista ingenuo”, lo que demuestra que los tiempos han cambiado y hasta los buenos editores pueden escribir barbaridades. Jack London no tuvo la más mínima veleidad fascista: fue hasta el último año de su vida un militante socialista y un escritor radical, incluso por encima de sus modos de vida absolutamente atrabiliarios. Pero que el currículo del ilustrador, que ni ha entendido el libro ni creo que le inspire nada Jack London, ocupe el mismo espacio del autor, es un signo que te llena de congoja. Un texto en blanco nieve y rojo sangre de perro-lobo se convierte en dibujos negro funeraria. Olvídense de las tonterías editoriales y descubran a un autor en lo mejor de su edad.

La primera década del siglo XX tiene en Jack London a un referente literario y ­humano. Un hombre tan ponderado como Anatole France le llamará “socialista re­volucionario” en el prólogo de uno de los libros que conmocionaran el mundo ra­dical de comienzos del siglo XX, El talón de hierro. Probablemente haya pocos textos tan leídos por la clase obrera que entonces aspiraba a conquistar los cielos. 400.000 ejemplares de salida. Estamos en el mundo gringo, donde los escritores ­ganan cantidades astronómicas gracias a los semanarios que reparten sus libros en capítulos.

3Jack London quiere convertirse en granjero. No le bastan los espacios infinitos del río Yukón, de Alaska, de las nieves vírgenes donde sobreviven lobos y perros, y seres humanos muy poco diferentes. Llegará a decir que prefiere los perros a las damas, lo que no obsta para que llevara una vida amorosa ajetreada. Construye barcos de vela para recorrer los lugares más insólitos hasta que descubre Hawái y sus islas. Serán los momentos más creativos y locos de su vida.

Teñido por el alcohol, sin límites ni paliativos. Quiere granjas en EE.UU. y un barco para surcar el paraíso hawaiano, no hay escritor que aguante todo eso sin ­acabar en ruina. Es un mundo para ­banqueros, no para escritores. Las aven­turas empresariales de London, incluidas las comunas, las fábricas, las grandes extensiones de territorio para sus centenares de cabezas de animales, las plantaciones más exóticas y singulares, todo se va al traste. Pero sigue siendo el gran Jack London y mientras le quede un resquicio de capacidad literaria, entre las nueve de la mañana a las doce del mediodía, seguirá con su propia e inigualable empresa de construir relatos.

Su prestigio recorre el mundo y su de­terioro, entre farras y alegrías que duran semanas, entre amigos, mujeres, nego­ciaciones financieras para las que no está dotado, le va acercando a la quiebra. ­Resulta significativo el interés de grandes escritores norteamericanos por conseguir fondos por los procedimientos más insólitos. La vida entera de Mark Twain está preñada de charlas idiotas, representa­ciones dignas de un payaso prestidigitador, y demás métodos para sacar fondos, lo que llama la atención tratándose de autores que vendían miles y miles de ejemplares, y que quizá explicaría la obsesión de Faulkner por hacerse granjero, muchos años después, como si esa fuera la única garantía frente a la fragilidad del mundo de las ­letras.

No conozco otra biografía de Jack London que la de Richard O’Connor, aparecida en traducción castellana en México, hacia 1967, un documento de 500 páginas que ilumina de manera más que brillante y muy minuciosa la trayectoria de este gran escritor que fue Jack London, que vivió 40 años y publicó 50 libros. Algunos de ellos obras maestras –mis favoritos son La llamada de lo salvaje (recién editada por Nórdica), Martin Eden, aquel libro que recordaba Che Guevara en sus momentos de mayor aprensión. Y la tortuosa belleza de Colmillo blanco, del que no dispongo ejemplar porque lo presté y lo perdí, no sé si se habrá reeditado en castellano: Por un bistec, o Por un filete, que sería lo suyo.

Cuenta Nadia Kruskaia, la mujer de Lenin, que cuando el líder de la revolución de octubre estaba en las últimas y apenas si hablaba, le indicó que le leyera algo de Jack London. Ella, buena lectora, como lo eran los maestros antiguos, escogió Amor a la vida, una narración conmovedora de los años brillantes de London (1905-1907), en el que se cuenta la agonía de un hombre y un lobo. Ella dice que a Vladímir Ilich le gustó y a su muerte quedó depositado para siempre en la mesita de noche. Lo dudo mucho.

Hace ya algunos años compré en París un precioso catálogo fotográfico: Jack London, fotógrafo –París, 2011. Traducción de la norteamericana Universidad de Georgia Press–. Son los viajes de London vistos por la agudeza visual de London, pero no viajes en barco sólo sino a la miseria de la clase obrera de su país, de sus adorados hawaianos, de la revolución mexicana, allí donde se encontrará con otro personaje de leyenda, el periodista y narrador Ambrose Bierce, que desaparecería en el lugar que más odiaba, México, entre Pancho Villa y Emiliano Zapata. Como si uno hubiera escogido el infierno como el lugar más apropiado para morirse.

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El perro y el lobo, sobre los que no hacía demasiadas diferencias en su sensibilidad de hombre que había logrado la gloria pero no la felicidad, tenían para él tanta importancia. Eran tan familiares como su ADN literario. Su exlibris, pintado por él mismo –otra actividad sobre la que insistió, aunque no se le diera bien– consiste en una cabeza de lobo perruno que te mira.

Hizo de la humanización de la natura­leza salvaje la razón de una vida dispara­tada. Pero nunca dejó de ser un radical ­socialista en un mundo que cada vez más se alejaba de aquello que se llamó la clase obrera norteamericana. Murió una noche de noviembre de 1916, después de calcular la dosis de morfina y la atropina que le ­serían letales. Su mujer exigió a los mé­dicos que firmaran que la muerte había ­sido natural. Sólo firmó uno. El propio London lo había dicho: el hombre posee un derecho inalienable, “el de adelantar el día de su muerte”.

Article de Gregorio Moran, publicat al mes de març a La Vanguardia

Bread and Roses (Pa i roses)

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Pan y Rosas.
Poema de James Oppenheim, escrito a principios del siglo XX

Mientras vamos marchando, marchando a través del hermoso día
Un millón de cocinas oscuras y miles de grises hilanderías
Son tocados por un radiante sol que asoma repentinamente
Ya que el pueblo nos oye cantar: ¡Pan y rosas! ¡Pan y rosas!

Mientras vamos marchando, marchando, luchamos también por los hombres
Ya que ellos son hijos de mujeres, y los protegemos maternalmente otra vez
Nuestras vidas no serán explotadas desde el nacimiento hasta la muerte
Los corazones padecen hambre, al igual que los cuerpos
¡dennos pan, pero también dennos rosas!

Mientras vamos marchando, marchando, innumerables mujeres muertas
Van gritando a través de nuestro canto su antiguo reclamo de pan
Sus espíritus fatigados conocieron el pequeño arte y el amor y la belleza
¡Sí, es por el pan que peleamos, pero también peleamos por rosas!

A medida que vamos marchando, marchando, traemos con nosotras días mejores
El levantamiento de las mujeres significa el levantamiento de la humanidad
Ya basta del agobio del trabajo y del holgazán: diez que trabajan para que uno repose
¡Queremos compartir las glorias de la vida: pan y rosas, pan y rosas!

Nuestras vidas no serán explotadas desde el nacimiento hasta la muerte
Los corazones padecen hambre, al igual que los cuerpos
¡pan y rosas, pan y rosas!

Aquest poema de l’escriptor nord-americà James Oppenheim, escrit a principis del segle XX, és un homenatge a les dones treballadores que van protagonitzar el moviment de vagues (ocorregut a Lawrence, Massachusetts, USA, entre gener i març de 1912) conegut amb el nom de PA I ROSES (Bread and Roses). James Oppenheim era un activista afiliat al combatiu sindicat IWW (Industrial Workers of the World).

Segons la tradició oral, durant una manifestació de més de 15.000 obreres tèxtils celebrada (i durament reprimida per la policia i pistolers de la patronal) a Nova York al març de 1908, un grup de dones joves portaven una bandera amb la inscripció: “Volem pa i també volem roses “, frase que va inspirar aquest poema (encara que hi ha una altra versió que diu que el poema és anterior a la manifestació) que després s’ha convertit en una cançó popular de la classe obrera nord-americana. En la història del moviment obrer dels EE. UU., El moviment de vagues de PA I ROSES es considera una de les primeres manifestacions organitzades de dones obreres (amb gran participació d’emigrants de tot el món) que reclamaven augment de salaris i millors condicions de treball i de vida. En el moviment feminista, posteriorment, l’expressió PA I ROSES es va utilitzar, metafòricament, per sintetitzar la unitat de les demandes de gènere i de classe.

Entre lo posible y lo necesario, de Joan Subirats

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La exigencia de cambios profundos atraviesa todo tipo de países, aunque la dirección no esté clara. Las grandes transformaciones sociales no suelen poder predecirse

Article de Joan Subirats a El País

Vamos viendo como surgen propuestas aquí y allá que para los más avezados analistas políticos resultan ingenuas, infantiles, irrealizables. Me refiero, por ejemplo, a los fenómenos de Corbyn en Gran Bretaña o de Sanders en los Estados Unidos. Dos personajes de largo recorrido, que durante años han sido vistos en sus partidos como figuras más bien exóticas, que repetían cosas de otra época. Y lo más curioso es que sus propuestas han obtenido la mayor audiencia y apoyo precisamente entre los más jóvenes. Unos jóvenes con grandes incertidumbres sobre su futuro y menos moldeados por la realpolitik.

Los portavoces del realismo político se expresan en todas partes más o menos así: “La política es un asunto complicado; los avances se dan gracias a la gente de dentro del tinglado que sabe cómo manejar las cosas; si quieres conseguir algo, has de aceptar las reglas de juego y los límites que vas a encontrar en cada cuestión”. Al final, lo que queda es la frase de siempre en el mundo de la política y la gestión pública. “Olvídate, el cambio o es incremental o no es”. Si atendemos a cómo se ha leído el tema Syriza-Varoufakis parecería que los hechos dan la razón a los más curtidos en “la política tal cual es”. Pero, lo cierto es que no parece que sin Varoufakis la cosa nos vaya mucho mejor.

Parece extraño que Sanders insista en usar la expresión “socialismo democrático” como el mejor resumen de sus propuestas. Y lo es porque “socialismo” es la palabra más contraproducente para conseguir apoyos en lo que ha sido el imaginario político norteamericano. De hecho, Sanders sabe bien que Eugene Victor Debs, el máximo representante del socialismo en la historia política norteamericana, se presentó cinco veces como candidato del Partido Socialista a las elecciones presidenciales y nunca pasó del 6% de los votos (1912). A pesar de eso, Sanders sigue esa estela y la conecta con la tradición, esa sí mucho más mayoritaria, de Franklin D. Roosevelt o Lyndon B. Johnson, en el sentido de defender que la intervención pública y la lucha por la igualdad social son ideas tan legítimas como las propias del liberalismo y mucho más necesarias que nunca. Y los jóvenes coinciden en ello, más allá de prejuicios y etiquetas.

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La exigencia de cambios profundos atraviesa todo tipo de países, aunque la dirección de ese cambio no esté clara. Las situaciones que generan transformaciones sociales significativas no acostumbran a poder predecirse. La coincidencia de una fuerte movilización o conflicto con otras circunstancias quizás ajenas, abre la oportunidad de cambiar cosas que un día antes parecían totalmente inamovibles. Es difícil imaginar que situaciones de este tipo surjan de técnicos y expertos que acostumbran a buscar salidas practicables en el clima político de cada momento. Son los movimientos sociales los que muchas veces pueden cambiar ese clima presionando y luchando por lo que muchos consideran propuestas impracticables e ilusorias. Las barreras son inmensas pues sus propuestas alteran las zonas de confort de muchos actores e intereses.

Lo normal es considerar que este tipo de movilizaciones son arriesgadas y contraproducentes. Es lo que Hirschman denominó como “retórica intransigente””, que apela a tres temas fundamentales: el riesgo, la futilidad y los efectos perversos. El riesgo supone exponer que cada vez que intentamos cambiar algo se corre el riesgo de perder lo que ya se tiene, y que por tanto, la inactividad es la postura más prudente. La futilidad expresa que no existen oportunidades de cambio, y desde esta óptica cualquier tipo de acción no es sino una pérdida de tiempo y recursos. Y los efectos perversos están relacionados con la idea de que cualquier tipo de actuación pensada para el cambio no hará sino empeorar las cosas. Lo que hemos visto en estos últimos años, con ejemplos distintos como la PAH o la ANC, es que frente esta “retórica intransigente” es posible levantar una “retórica de la movilización” que convierta en más realizable lo que poco antes parecía imposible.

La dialéctica instituciones y movimientos sociales debe seguir manteniendo dinámicas de colaboración y conflicto, de practicabilidad de lo que se propone, pero también de exigencia de lo que muchos consideran necesario y justo. Lo peor sería caer en lo que ya advirtió Debs cuando algunos dudaban de votar a alguien como él con pocas posibilidades de victoria: “mejor votar por lo que quieres y no obtenerlo que votar por lo que no quieres y conseguirlo”.

Democratic presidential candidate, Sen. Bernie Sanders, I-Vt., reacts to supporters during a concert hosted by his campaign, Friday, Oct. 23, 2015, in Davenport, Iowa. (AP Photo/Charlie Neibergall)